Entre piedras, palabra y destino

Las runas no nacieron como oráculos. Surgieron en tiempos en que la palabra se tallaba en piedra, madera o hueso para marcar presencia, invocar, protección y sellar pactos. Cada signo era mas que letras: era vibración, activa, vinculo entre lo humano y lo invisible. En su trazo resonaba lo sagrado; en su forma, el acuerdo entre lo visible y lo oculto.

Con el paso de los siglos, las runas se consagraron como lenguaje ritual. El futhark antiguo y sus variantes no solo codificaban sonidos: legitimaban realidades. Fehu no era riqueza, sino flujo de energía; Ansuz no era palabra, sino soplo divino. Cada runa devino arquetipo, mandato simbólico, canal de evocación. Su uso trascendía lo práctico: era rito.

Este capítulo propone una mirada integradora: más allá de su cronología, las runas se despliegan como herramienta política, símbolo mágico y canal espiritual. Fueron grabadas en piedras conmemorativas, inscritas en armas y amuletos, invocadas por videntes y consagradores. En cada contexto, legitimaron decisiones, protegieron tránsitos y sellaron destinos. Su historia es pacto entre humanidad y cosmos.

Más que alfabeto, las runas son huellas de una espiral iniciática. Su tránsito va del registro al rito, de la palabra al destino. En cada época se reconfiguran, sin perder su núcleo vibracional. Son lenguaje que consagra. Y en ese acto, cada runa se convierte en espejo del alma, piedra del camino, palabra que respira.